martes, 28 de julio de 2026

 


Las grandes ciudades no se construyen solamente con buenas obras públicas; también se construyen con buenas conversaciones públicas. Una sociedad se degrada cuando solamente grita, acusa o se divide. Crece cuando aprende a discutir con argumentos.

En está nuestra pagina no queremos

"Que nuestras palabras no sirvan solamente para contar lo que sucede, sino para ayudar a construir la ciudad que todavía no tenemos."

Esa ciudad deberá ser más justa, más crítica y más humana. El periodismo, cuando es útil, puede contribuir a ello sin renunciar nunca a su obligación principal: buscar la verdad con honestidad intelectual.

En esta ocasión Se vuelven a encender el tablero de la discusión y la polémica. La Contraloría General del Estado ha señalado que los radares instalados en las vías de Cuenca deben estar operativos, pues fueron adquiridos con recursos públicos y colocados con un objetivo claro: controlar el tránsito vehicular, prevenir accidentes y salvar vidas.

En el año 2023, el alcalde Cristian Zamora dio por terminado, de manera unilateral, el contrato para el funcionamiento de estos dispositivos. Desde entonces, los radares dejaron de emitir multas y pasaron únicamente a cumplir una labor preventiva.

La decisión no estuvo exenta de razones. Los cuestionamientos sobre radares "truqueados", que habrían emitido multas injustificadas o carentes del debido sustento técnico y legal, provocaron el rechazo ciudadano y justificaron su suspensión. Ningún sistema de control puede sostenerse si genera dudas sobre su transparencia y legitimidad.

Sin embargo, también es necesario analizar las consecuencias de aquella decisión. Las cifras de contravenciones por exceso de velocidad y los accidentes ocasionados por conductores que irrespetan los límites permitidos obligan a preguntarnos si la solución fue apagar los radares o corregir aquello que estaba mal.

¿Estamos premiando al conductor irresponsable y castigando al ciudadano que sí cumple la ley? Porque quien respeta los límites de velocidad no debería temerle a un radar correctamente calibrado y debidamente regulado. Por el contrario, quien pone en riesgo la vida de peatones y otros conductores sí debería enfrentar las consecuencias de sus actos.

El debate, entonces, no debería centrarse únicamente en si los radares deben multar o no. La verdadera discusión pasa por establecer si estos dispositivos pueden funcionar con absoluta transparencia, sometidos a controles permanentes, auditorías técnicas y garantías para los ciudadanos.

Ni radares convertidos en máquinas recaudadoras, ni ciudades sin mecanismos efectivos de control. Entre ambos extremos existe un punto de equilibrio: utilizar la tecnología para proteger vidas y no para llenar las arcas municipales.

Porque detrás de cada multa existe un conductor; pero detrás de cada accidente puede existir una familia destruida. Ese es el verdadero debate que Cuenca debe enfrentar.

Que nuestras palabras no sirvan solamente para contar lo que sucede, sino para ayudar a construir la ciudad que todavía no tenemos

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