jueves, 9 de abril de 2026

 


EMOV-Paute controla tránsito urbano en calles del  cantón con funcionarios de oficina


Cuando se otorga poder a personas que no están preparadas para ejercerlo, el resultado casi siempre es el abuso. Y el abuso, muchas veces, puede desembocar en situaciones peligrosas e innecesarias.

La EMOV EP de Paute es una empresa pública cuyas atribuciones son claras: matriculación vehicular, control del estacionamiento tarifado y, quizá la más importante de todas, la promoción de la educación vial. No tiene otras competencias.

Sin embargo, desde su dirección se estaría confundiendo el alcance de sus funciones, enviando a empleados administrativos a “controlar el orden” en eventos como desfiles, conciertos o actos populares. Allí no solo se exponen a abusar de una autoridad que no poseen, sino que también se arriesgan a ser irrespetados o agredidos, precisamente por no tener competencia legal en esos espacios.

Lo ocurrido la madrugada del viernes, durante el baile programado por los 166 años de cantonización de Paute, vuelve a evidenciar lo que ya se había advertido. La empresa de movilidad no tiene facultad para regular ni controlar el tránsito vehicular general; esa es una competencia de la Policía Nacional de Tránsito. Mucho menos puede intervenir en el control de la circulación ciudadana en eventos públicos si la ley no le otorga esa atribución.

No se puede colocar a empleados de oficina en tareas operativas para las que no están designados ni protegidos legalmente, ni tampoco están preparados. Ya ocurrió antes: dos funcionarias administrativas fueron ubicadas en una intersección para “controlar” el paso vehicular. Un conductor descendió de su vehículo, retiró las vallas de forma agresiva y, al avanzar, empujó con el guardafango a las jóvenes, quienes quedaron atemorizadas. Un hecho que pudo terminar en tragedia.

En esta nueva ocasión cabe preguntarse: ¿qué hacían funcionarios de la EMOV EP, en un vehículo institucional, en el lugar del evento? Si la justificación es que realizaban un “control”, entonces nuevamente se estaría actuando fuera del marco de sus competencias, dirán, que estaban para retirar las vallas. Sobre otros aspectos no podemos afirmar nada, porque no nos constan. Pero si hubo agresión física, las evidencias son visibles y deben investigarse.

Es aquí donde las autoridades máximas debian estar atentas. La señorita involucrada en el caso es oficinista,¿que hacia a las 2 de la mañana en el vehículo? ¿No podian retirar las vallas al día siguiente?. Donde estaba el supervisor de la EMOV, él deba evitar cualquier tipo de acciones fuera de la ley. ¿Que hizo la gerente de la empresa? Me diran esta persona no tenia por que estar ahi, para eso estan los empleados, pero los empleados tampoco tenian porque estar ahi, son conductores, no vigilantes.

Las instituciones, por más importantes que sean, no otorgan poder ilimitado. El poder nace de la ley y está delimitado por ella. Quienes trabajan en empresas públicas deben honrarlas cumpliendo estrictamente sus funciones, respetando la norma y evitando atribuirse competencias que no les corresponden.

Cuando se confunden funciones, se pone en riesgo a los ciudadanos, a los propios funcionarios y a la institucionalidad.

 



¡Qué salao pescao… y más saladas las incoherencias!


                                     

“¡Qué salao pescao!”, dirían nuestros clientes que por estos días compran bacalao para la fanesca. Y no solo el pescado… también la política viene cargada de sal y de contradicciones.

Siempre nos tocan autoridades que, en lugar de trabajar por el Azuay, se “quiteñizan”, se suben a la tarima y quieren lucirse como si fueran estrellas del norte, olvidándose de quién los eligió.

Y aparece el personaje de turno:
“Yo soy el único que trabaja en la Asamblea”, dice, sin ruborizarse, dejando a todos sus colegas como vagos de oficio. El único trabajador… el único fiscalizador… aunque, curiosamente, fiscaliza donde no debe y calla donde sí debería hablar.

Porque claro, los asambleístas legislan… o al menos eso dice el manual. Pero en la práctica, desde Carondelet les mandan leyes “urgentes” listas para levantar la mano y aprobar, sin mucho esfuerzo intelectual. Para eso sí hay puntualidad.

Pero cuando se trata de fiscalizar lo importante, ahí sí: sordos, mudos y ciegos.
¿Dónde está esa fiscalización valiente, contundente, que valga la pena, no solamente la que les conviene?


Silencio… absoluto silencio.

Eso sí, el “único trabajador” no pierde tiempo en lo que no le corresponde. Hace rato inició su cruzada personal contra la señora Bravo del IIEES, luego paseaba “mano en el bolsillo”, regalando presencia como si fuera desfile.

Y cuando apareció el tema de Quimsacocha, ahí sí salió con entusiasmo —acompañado de una aprendiz de política— a defender la minería, confundiendo quintiles con lingotes de oro, queriendo navegar en aguas profundas del quinto rio, sin saber nadar. Por suerte, lo bajaron del barco antes del naufragio.

Después vino de todo:
peleas con el alcalde de Cuenca,
insultos de ida y vuelta,
denuncias varias,
hasta meterse en temas de gasolineras… haciendo el trabajo que les corresponde a los concejales.

Porque claro, él es todólogo.
Asambleísta, fiscalizador, concejal, opinólogo… todo en uno.

Y no faltó el episodio casi cómico: cuestionar que un padre le preste dinero a su hijo. Según él, eso es sospechoso. Debe ser que en su casa ni cien dólares le fían, porque en el resto del mundo —y con confianza— un padre ayuda a su hijo sin convertirlo en caso de investigación.

Cuando ese argumento no le funcionó, cambió de libreto: ahora critica el gasto en comunicación del alcalde. “Mucho gasto”, dice.
Pero otra vez tropieza: ese presupuesto existe todos los años y no ha subido ni un centavo.

Y entonces viene la pregunta incómoda —de esas que no le gustan—:
¿Por qué no fiscaliza los millones destinados a la publicidad del gobierno nacional?

Ahí sí… silencio incómodo… molestia… y retirada digna del “único trabajador”.

Para rematar, llama vagos a sus compañeros de Asamblea.
Y ellos le responden: que no son vagos, que son ignorados, que no les dan la palabra… pero que tampoco se meten donde no les corresponde.

Y ahí está la clave.

El asambleísta que dice trabajar más que todos, termina metido en todo… menos en lo que realmente le toca: fiscalizar al poder nacional.

Porque una cosa es trabajar…
y otra muy distinta es hacer bulla.


domingo, 15 de febrero de 2026


 

¿Nos reemplazará la IA?.. 

El verdadero desafío es no reemplazarnos a nosotros mismos

En los últimos meses, la Inteligencia Artificial dejó de ser un tema de películas de ciencia ficción para convertirse en parte de nuestra vida diaria. Hoy, una máquina puede escribir textos, crear imágenes, responder preguntas y hasta “conversar” con las personas. Ante este avance vertiginoso, surge una inquietud legítima: ¿qué lugar ocuparemos los humanos dentro de dos años, dentro de cinco, dentro de una década?

La respuesta honesta es que la IA no viene a reemplazar a los seres humanos como especie, pero sí está transformando muchas de las tareas que antes realizábamos, como Procesar datos, redactar borradores, editar contenidos o automatizar trámites son funciones que las máquinas hacen cada vez mejor y más rápido. En ese terreno, la IA nos supera y nos seguirá superando.

Sin embargo, hay algo que ninguna máquina posee ni ha demostrado que pueda tener: conciencia, sentimientos y experiencia humana real. La Inteligencia Artificial puede imitar emociones, escribir frases de consuelo o de ánimo, pero no siente dolor, no ama, no sufre pérdidas, no conoce la angustia ni la esperanza como las vive una persona de carne y hueso. No tiene memoria emocional ni identidad.

Por eso, lejos de desaparecer, lo humano cobra más valor. En un mundo cada vez más automatizado, la cercanía, la empatía, el criterio ético, el liderazgo y el contacto directo con la gente se vuelven insustituibles. En el periodismo, por ejemplo, ninguna IA puede reemplazar al comunicador que camina el barrio, escucha a la comunidad, conoce los problemas reales de su cantón y da voz a quienes no la tienen, por lo tanto y antes de emprender la retirada o jubilarnos, seguimos recorriendo los caminos polvorientos, dialogando con la carita sucia, con la madre sacrificada que olvido sus sueños, con el mendigo que extiende la mano, pidiendo un mendrugo para sacar su hambre.

El verdadero riesgo no está en que la IA “sienta” o “piense como un humano”,  porque no lo va  a hacer, sino en que los humanos dejemos de pensar por nosotros mismos. Delegar el criterio, la verificación de la información y las decisiones importantes a una máquina, se puede volvernos más cómodos, pero también más vulnerables a la manipulación y la desinformación.

La Inteligencia Artificial es una herramienta poderosa. Puede ayudarnos a trabajar mejor, a informarnos más rápido y a optimizar procesos. Pero no debe reemplazar nuestra conciencia, nuestro sentido crítico ni nuestra responsabilidad como ciudadanos, como periodistas, debemos ser acuciosos, investigar, contrastar, no convertirnos en copia y pega, debemos constatar la verdad.

En definitiva, el lugar de los humanos en la era de la IA no es competir con las máquinas en velocidad, sino defender lo que nos hace humanos: la capacidad de sentir, de pensar con criterio propio, de actuar con ética y de construir comunidad.

Aquí estaremos hasta que venga la muerte con su lampara de polen a quitarnos la vida quemándonos los huesos, la mejilla pegada a las narices.

sábado, 14 de febrero de 2026


 

 


 “Entre pan, circo y alcohol: la resaca de una sociedad que mira                                              a otro lado”



Hay costumbres que se heredan, como un abrazo…
y otras que se heredan como una condena.

En Cuenca y en gran parte del Azuay, beber no es solo una práctica social:
es casi un ritual.
Se bebe para celebrar, se bebe para llorar,
se bebe para olvidar,
se bebe porque “así somos”.

El problema no es la fiesta.
El problema es que el alcohol se ha convertido en la primera opción para todo:
para el cumpleaños,
para el partido,
para el desamor,
para el fin de clases,
para el simple hecho de existir.

Hoy vemos jóvenes ebrios a plena luz del día,
en los alrededores de unidades educativas,
cerca de universidades,
en locales que ayer fueron papelerías, librerías, tiendas de barrio…
y que hoy, sin mayor pudor, funcionan como cantinas improvisadas.

Y entonces la pregunta duele:
¿En qué momento normalizamos esto?

Los padres miran a otro lado.
Los profesores miran a otro lado.
Las autoridades miran a otro lado.
Todos saben que pasa…
pero pocos hacen algo cuando pasa.

Nos indignamos cuando ocurre una tragedia,
cuando un joven muere en un accidente,
cuando una pelea termina en sangre,
cuando la madrugada cobra una víctima más.
Pero antes…
antes nadie quiso ver la raíz del problema.

Porque es más cómodo decir:
“Son cosas de jóvenes”.
“Yo también tomé a esa edad”.
“Es parte de crecer”.

No.
No es parte de crecer.
Es parte de abandonar.

Abandonar a una generación que está aprendiendo que la evasión es la respuesta,
que el trago es refugio,
que la botella es consuelo,
que la borrachera es identidad.

Los operativos se anuncian.
Las cámaras se prenden.
Los controles se publicitan.
Pero el fondo del problema sigue intacto:
la permisividad social,
la doble moral,
la costumbre de celebrar todo… incluso lo que nos está destruyendo.

Tal vez no falten leyes.
Tal vez falte coraje.
Coraje para cerrar el local ilegal.
Coraje para sancionar al que vende a menores.
Coraje para decirle a un hijo: “No, así no”.
Coraje para que la escuela eduque también en valores y límites.
Coraje para que la autoridad no solo reaccione… sino prevenga.

Porque cuando el alcohol ocupa el primer lugar en cada ocasión de la vida,
no estamos hablando de tradición.
Estamos hablando de una adicción cultural.

Y toda adicción, tarde o temprano,
pasa factura.

Hoy no se trata de moralizar.
Se trata de mirar de frente una realidad incómoda:
una sociedad que brinda por todo,
pero que llora cuando ya es demasiado tarde.

Quizá llegó la hora de brindar menos…
y hacernos más responsables.

martes, 3 de febrero de 2026


 

¿Nos reemplazará la IA?.. El verdadero desafío es no reemplazarnos a nosotros mismos

En los últimos meses, la Inteligencia Artificial dejó de ser un tema de películas de ciencia ficción para convertirse en parte de nuestra vida diaria. Hoy, una máquina puede escribir textos, crear imágenes, responder preguntas y hasta “conversar” con las personas. Ante este avance vertiginoso, surge una inquietud legítima: ¿qué lugar ocuparemos los humanos dentro de dos años, dentro de cinco, dentro de una década?

La respuesta honesta es que la IA no viene a reemplazar a los seres humanos como especie, pero sí está transformando muchas de las tareas que antes realizábamos, como Procesar datos, redactar borradores, editar contenidos o automatizar trámites son funciones que las máquinas hacen cada vez mejor y más rápido. En ese terreno, la IA nos supera y nos seguirá superando.

Sin embargo, hay algo que ninguna máquina posee ni ha demostrado que pueda tener: conciencia, sentimientos y experiencia humana real. La Inteligencia Artificial puede imitar emociones, escribir frases de consuelo o de ánimo, pero no siente dolor, no ama, no sufre pérdidas, no conoce la angustia ni la esperanza como las vive una persona de carne y hueso. No tiene memoria emocional ni identidad.

Por eso, lejos de desaparecer, lo humano cobra más valor. En un mundo cada vez más automatizado, la cercanía, la empatía, el criterio ético, el liderazgo y el contacto directo con la gente se vuelven insustituibles. En el periodismo, por ejemplo, ninguna IA puede reemplazar al comunicador que camina el barrio, escucha a la comunidad, conoce los problemas reales de su cantón y da voz a quienes no la tienen, por lo tanto y antes de emprender la retirada o jubilarnos, seguimos recorriendo los caminos polvorientos, dialogando con la carita sucia, con la madre sacrificada que olvido sus sueños, con el mendigo que extiende la mano, pidiendo un mendrugo para sacar su hambre.

El verdadero riesgo no está en que la IA “sienta” o “piense como un humano”,  porque no lo va  a hacer, sino en que los humanos dejemos de pensar por nosotros mismos. Delegar el criterio, la verificación de la información y las decisiones importantes a una máquina, se puede volvernos más cómodos, pero también más vulnerables a la manipulación y la desinformación.

La Inteligencia Artificial es una herramienta poderosa. Puede ayudarnos a trabajar mejor, a informarnos más rápido y a optimizar procesos. Pero no debe reemplazar nuestra conciencia, nuestro sentido crítico ni nuestra responsabilidad como ciudadanos, como periodistas, debemos ser acuciosos, investigar, contrastar, no convertirnos en copia y pega, debemos constatar la verdad.

En definitiva, el lugar de los humanos en la era de la IA no es competir con las máquinas en velocidad, sino defender lo que nos hace humanos: la capacidad de sentir, de pensar con criterio propio, de actuar con ética y de construir comunidad.

Aquí estaremos hasta que venga la muerte con su lampara de polen a quitarnos la vida quemándonos los huesos, la mejilla pegada a las narices.

  EMOV-Paute controla tránsito urbano en calles del  cantón con funcionarios de oficina Cuando se otorga poder a personas que no están prepa...