domingo, 12 de julio de 2026

El VALLE DONDE EL TIEMPO SE PERDÍO

 

 

                                                  El VALLE DONDE EL TIEMPO SE PERDÍO

                                                              El pueblo hediondo




El pueblo se levantaba en silencio cada mañana, como si despertara con cuidado para no molestar a las montañas que lo rodeaban. Estaba hundido en un valle de la serranía ecuatoriana, donde la neblina amanecía abrazada a los cerros y el sol tardaba en encontrar camino entre los picos azules. Visto desde arriba, parecía un puñado de casas desperdigadas por el capricho del terreno, como si alguien las hubiera sembrado a mano, una a una, sin un orden aparente.

Antes de ser pueblo, aquel lugar había sido hacienda ganadera. Viejos todavía, recordaban —o decían recordar— cuando por esos potreros corrían reses de lomo brillante y caballos cimarrones que nadie lograba domar del todo. Un camino carrozable lo unía con una ciudad lejana, pero era tan poco concurrido que más bien parecía un recuerdo de camino: lo usaban los arrieros, los campesinos que llevaban su ganado, y de vez en cuando algún forastero perdido que preguntaba, con la voz cansada, si aún faltaba mucho para llegar.

Las casas conservaban la dignidad de la época colonial: paredes de tapial gruesas como promesas, techos altos cubiertos de tejas de barro que crujían cuando la lluvia golpeaba fuerte, puertas de madera oscura que guardaban secretos familiares. En el centro del pueblo, como un corazón pequeño pero persistente, se levantaba la capilla: blanca, sencilla, con una campana que sonaba más por costumbre que por urgencia, marcando las horas de una vida lenta.

Allí, donde el tiempo parecía caminar despacio y la memoria se quedaba a vivir, ocurrió la historia que todavía algunos se atreven a contar en voz baja, cuando cae la tarde y el viento baja frío desde las montañas…

                                                                  Capítulo II



La herencia del valle hediondo**

Llegó al caer la tarde, cuando el sol ya no calentaba y las montañas empezaban a cerrarse como un círculo de sombras. Venía cansada, con la mochila colgándole de un hombro y las ilusiones apretadas en el pecho, como quien cree que la vida, por fin, le ha tendido la mano. Se llamaba Elena —nadie en el pueblo lo supo entonces— y llevaba días viajando con una sola idea fija: reclamar la herencia que, según la carta, le pertenecía en un lugar llamado Valle Hediondo.

El nombre le había causado un mal presentimiento desde el inicio, pero la necesidad suele ser más fuerte que el miedo.
La carta era breve, escrita con una tinta desvaída:

“Preséntese antes de que termine el mes. De no hacerlo, perderá todo derecho sobre la propiedad que por sangre le corresponde.”

Nada más.
Ni una firma.
Ni un remitente claro.

                                                                      ***

Cuando preguntó en la plaza por la casa que debía reclamar, el silencio fue su primera respuesta. Las mujeres se persignaban, los hombres bajaban la mirada, y alguno fingía no haber escuchado. Valle Hediondo, repetían por lo bajo, como si nombrarlo atrajera algo que preferían mantener dormido.

—Por allá no se va, señorita —murmuró una anciana—. Allá solo van los que ya no tienen a dónde volver.

Fue entonces cuando apareció Pedro.
Un muchacho de no más de diecisiete años, cara sucia como si el polvo se le hubiera quedado pegado a la piel, pelo lacio cayéndole sobre los ojos y una mirada tan quieta que parecía cansada de mirar el mundo. Tenía los ojos taciturnos, de esos que saben más de lo que dicen.

—Yo la llevo —dijo sin emoción—. Si quiere llegar antes que anochezca.

                                                                     ***

El camino se estrechó pronto, convirtiéndose en una vereda húmeda, donde el barro parecía respirar bajo los pasos. A cada tramo, el aire se volvía más pesado, más rancio, como si el valle exhalara un aliento viejo. No era solo un mal olor: era una sensación, una podredumbre invisible que se metía en la garganta.

La casa apareció de pronto, aislada del pueblo, levantada sobre un promontorio de tierra negra. Era grande, demasiado grande para estar tan sola. Las paredes de tapial estaban cuarteadas, las tejas rotas dejaban ver la oscuridad del interior, y en los aleros colgaban murciélagos que chillaban al sentirlos llegar. El viento que salía por las ventanas vacías parecía un suspiro.

—Aquí es —dijo Pedro, sin mirarla.

Elena sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Tú vives cerca? —preguntó.

El muchacho negó lentamente.

—Nadie vive cerca de esta casa.

No quiso decir más. Dio media vuelta y se fue por el mismo camino, sin despedirse, sin volver la cabeza, como si temiera que la casa lo llamara de regreso.

                                                                      ***

Esa noche, cuando Elena encendió la primera vela, la sombra de algo pasó por la pared, aunque no había nadie detrás. Los murciélagos revolotearon de golpe, y en el fondo del corredor se escuchó un murmullo que no era del viento.
Luego vinieron las luces, pequeñas y temblorosas, flotando como luciérnagas enfermas.
Y después, el susurro de una risa vieja, una risa que parecía venir de debajo de la tierra.

Valle Hediondo no era un lugar para herencias.
Era un lugar donde los muertos aún recordaban.

                                                    Capítulo III



El muchacho de los dos rostros**

La primera noche en la casa fue un largo parpadeo entre el sueño y la vigilia. Elena no durmió; creyó hacerlo, pero cada vez que cerraba los ojos sentía que alguien la observaba desde los rincones. El silencio era tan espeso que le zumbaban los oídos. La vela, casi consumida, proyectaba sombras que parecían moverse por su cuenta, estirándose por las paredes como dedos largos, indecisos, curiosos.

No escuchó pasos.
Escuchó respiraciones.

Se levantó sobresaltada cuando un golpe seco sonó en la puerta, ya entrada la madrugada. Al abrir, encontró a Pedro, empapado por la llovizna, con la misma expresión impenetrable del día anterior.

—No debió quedarse —dijo—. Aquí la noche no perdona.

                                                           ***

 Traía pan envuelto en una tela y un jarro de leche. Elena, agradecida y confundida, lo dejó pasar. Pedro recorrió la casa con la mirada, como quien reconoce un lugar que nunca quiso volver a ver.

—¿Vive alguien aquí? —preguntó ella, en voz baja.

Pedro tardó en responder.

—Viven recuerdos —dijo al fin—. Y a veces los recuerdos hacen ruido.

A partir de ese día, el muchacho empezó a aparecer sin aviso. Unas veces le traía comida; otras, se limitaba a quedarse en el umbral, mirando la casa con una mezcla de rencor y pena. Elena no sabía si confiar en él. Había algo en su presencia que la tranquilizaba… y al mismo tiempo, algo que la ponía en guardia, como si bajo esa quietud se escondiera una voluntad peligrosa.

                                                                           ***

Las noches empeoraron.

No eran apariciones claras, sino insinuaciones: una sombra que no coincidía con el cuerpo que la proyectaba, un reflejo en el vidrio que parecía moverse tarde, una risa apagada que se confundía con el crujir de la madera. Una vez creyó ver a una mujer al fondo del corredor: no una figura definida, sino el contorno de un rebozo oscuro que se desvaneció al parpadear. Elena se convenció de que era el cansancio, la sugestión, la soledad hablándole.

Pedro, en cambio, parecía saber.

—No les haga caso —le dijo una tarde—. Aquí, si uno mira de más, termina viendo lo que no existe… o lo que no quiere recordar.

Ella quiso preguntarle quiénes eran “ellas”, pero el muchacho ya se había levantado para irse. Antes de cruzar la puerta, añadió:

—Si ve luces en el cerro, no salga a seguirlas. Es el valle jugando con la cabeza de la gente.

                                                                          ***

Con el paso de los días, Elena comenzó a sentir que la casa la observaba. No desde un punto fijo, sino desde todos. Empezó a dudar de sus propios recuerdos: juraba haber dejado cerrada una ventana que luego aparecía abierta; encontraba marcas en el polvo del piso que parecían huellas de pies pequeños, descalzos, pero Pedro negaba haber entrado.

—Aquí el lugar se mueve —dijo él, una noche—. No las cosas. La cabeza.

Fue esa misma noche cuando Elena escuchó su nombre, pronunciado con una voz que no era de este tiempo. Una voz que sonaba a tierra mojada, a hojas secas. No vio a nadie. Solo sintió que alguien estaba muy cerca de su oído.

Pedro la encontró al amanecer, temblando.

—No le haga caso al valle —repitió—. El valle miente.

Pero Elena empezó a sospechar que Pedro también lo hacía.

                                                                Capítulo IV



Cuando el valle se metió en la cabeza**

El tiempo dejó de comportarse como debía.
Elena ya no sabía cuántos días llevaba en la casa: tres, cinco, tal vez semanas. Las mañanas eran una misma neblina espesa, y las noches, un pozo sin fondo del que despertaba sudando, con la sensación de haber sido llamada por alguien que no estaba.

A veces escuchaba pasos en el corredor, pero cuando salía, no había nadie. Otras, encontraba la mesa puesta con pan fresco, como si hubiera comido y no lo recordara.

Empezó a dudar de su memoria, de sus manos, de su propia voluntad. El valle parecía entrarle por la piel, instalarse en su cabeza, moverle los pensamientos de lugar.

Pedro seguía apareciendo.
Era amable cuando la veía débil. Le hablaba despacio, le repetía que el encierro la estaba enfermando, que ese lugar le hacía daño. Luego, con la misma calma, dejaba caer frases que la desarmaban:

—Usted no era así cuando llegó.
—Aquí la gente se pierde por dentro primero.

                                                                             ***

Una tarde, Elena creyó ver luces subir por la loma. Recordó la advertencia de Pedro, pero aun así dio unos pasos hacia la puerta. El muchacho apareció de la nada y le cerró el paso.

—No vaya. ¿Ve cómo el valle ya le está jugando? —dijo, casi con ternura—. Si sigue aquí, va a terminar como los otros.

—¿Qué otros? —preguntó ella.

Pedro dudó. Por primera vez, pareció joven de verdad.

—Los que vinieron a reclamar lo que no era para ellos.

Elena sintió que el piso se le movía bajo los pies.

Esa noche, Pedro habló.
No fue una confesión limpia, fue más bien un desliz, como si el cansancio le hubiera aflojado la lengua.

—Usted no es la única heredera —dijo, mirando el suelo—. El viejo no tuvo hijos… pero sí dejó parientes regados por ahí. Gente que no supo quedarse. Gente que abandonó el valle cuando se puso feo.

Elena entendió, con un frío lento recorriéndole el cuerpo.

—¿Tú eres uno de ellos?

Pedro levantó la mirada. En sus ojos ya no había duda, sino una decisión tomada hace tiempo.

—Yo me quedé. Yo cargué con esta casa, con este olor, con estas sombras. Y ahora viene usted, desde lejos, a decir que le pertenece.

Las sombras del cuarto parecieron estirarse un poco más.

—No quiero hacerle daño —añadió—. Pero tampoco voy a dejar que se quede.

                                                                        ***

En los días siguientes, Pedro se volvió más insistente. Le repetía que el valle la estaba enfermando, que la casa la estaba volviendo loca, que lo mejor era irse antes de que “ya no pudiera volver a ser la misma”. Elena comenzó a dudar de sus propias fuerzas: se sentía débil, confundida, como si el lugar le hubiera chupado la energía.

Una mañana despertó con la mochila preparada junto a la cama.

—Usted la armó anoche —dijo Pedro, serio—. Me pidió que la ayudara a salir del valle.

Elena no recordaba haberlo hecho.

Cuando se fueron por el camino angosto, el aire pareció aligerarse. Las montañas se veían menos cerradas. Pedro caminaba delante, sin voltear.

—No vuelva —le dijo al llegar al cruce del camino—. Aquí el valle se queda con los que duda.

Elena quiso responder, pero no le salió la voz. Cuando parpadeó, Pedro ya se estaba alejando, de regreso a la casa aislada.

                                                                           ***

Años después, algunos en el pueblo dirían que la herencia fue reclamada por un pariente que nunca se fue. Que la casa volvió a tener dueño, aunque nadie vio entrar a nadie.
Otros jurarían que, en ciertas noches, una mujer camina por el camino carrozable, con una mochila al hombro, preguntando por un valle que ya no figura en los mapas.

Y Pedro…
Pedro sigue allí.
Héroe para algunos, villano para nadie.
El único que supo quedarse con todo, incluso con la verdad.

                                                                   Epílogo


Lo que queda cuando la memoria se deshace

Con el paso de los años, Elena dejó de contar la historia. Al principio lo hacía como quien necesita convencerse de que no enloqueció: hablaba del valle hundido entre montañas, de la casa de tapial con murciélagos en los aleros, del muchacho de ojos cansados que la guió hasta un lugar que no figuraba en los mapas. Pero cada vez que intentaba recordar un detalle preciso, la memoria se le volvía borrosa, como un espejo empañado por dentro.

A veces dudaba incluso de haber estado allí.

Recordaba el cansancio del viaje, sí.
Recordaba el olor espeso del aire, como si la tierra estuviera podrida desde adentro.
Pero el rostro de Pedro se le escapaba: unas veces lo veía como un niño asustado, otras como un hombre duro, y otras no lograba verle la cara en absoluto.

En las noches, ciertos sueños regresaban sin permiso: sombras que no coincidían con los cuerpos, luces subiendo por una loma que no existía en ningún mapa, una voz que pronunciaba su nombre desde muy cerca del oído. Despertaba con la sensación de haber olvidado algo importante, algo que no debía olvidar… pero no sabía qué.

Buscó Valle Hediondo en papeles viejos, en catastros, en mapas antiguos. No encontró rastro alguno. Preguntó en pueblos que juraban estar cerca del lugar donde ella decía haber pasado semanas de su vida. Nadie supo darle razón. Nadie recordaba una hacienda abandonada, ni una casa aislada, ni un muchacho llamado Pedro.

Entonces empezó a pensar que quizá el valle no existía.
O que existía solo para quienes se quedaban demasiado tiempo.

A veces, al caminar por senderos solitarios, Elena se detenía sin saber por qué. Un olor a tierra mojada le atravesaba la memoria, y por un instante tenía la certeza de que alguien la observaba desde un lugar que no podía ver. Luego el momento pasaba, como pasan las sombras al mover la cabeza.

Nunca volvió.
O tal vez nunca se fue del todo.

Porque hay lugares que no se quedan en la tierra, sino en la mente. Y cuando uno intenta olvidarlos, no se van: se esconden en los recuerdos vagos, esperando el día en que la duda sea más fuerte que la certeza.

miércoles, 10 de junio de 2026

 


Se cayo reelección de Cristian Zamora...Lloret ¿a qué y con quien irá?




La expectativa fue enorme. Los ciudadanos de Cuenca esperábamos con avidez la resolución del Tribunal Contencioso Electoral, reunido en Quito para conocer y resolver el conflicto generado tras la sentencia en primera instancia en el caso de violencia política de género en el que se vio involucrado el alcalde Cristian Zamora, quien, dicho sea de paso, aparecía como el candidato con mayores opciones de alcanzar la reelección.

La primera sentencia fue contundente: se le declaró culpable y se le impuso la suspensión de sus derechos de participación política por seis meses, dejándolo sin posibilidad de inscribir una candidatura para las próximas elecciones. Además, se le aplicó una multa cercana a los doce mil dólares y la obligación de ofrecer disculpas públicas, las cuales ya habían sido emitidas en dos ocasiones por el alcalde.

Un Cristian Zamora completamente distinto, demacrado, visiblemente afectado y golpeado psicológicamente, apareció en sus redes sociales para afirmar que habían logrado lo que pretendían: impedir su participación en el próximo proceso electoral. Para sus simpatizantes, se trata de una muerte política anunciada; una práctica que, según sostienen, ya se aplicó utilizando argumentos similares en los casos del alcalde de Guayaquil, Aquiles Álvarez, y del alcalde de Esmeraldas, Vicko Villacís. Zamora, probablemente consciente del escenario que enfrentaba, sabía que su futuro político pendía de un hilo.

Sin embargo, más allá de simpatías o antipatías, este episodio deja una lección para toda la clase política del país: la prepotencia tiene costos. Minimizar a los adversarios, menospreciar opiniones distintas o proclamar a los cuatro vientos ser "el mejor alcalde del mundo" puede terminar pasando factura. La humildad suele ser una mejor aliada. Si una autoridad está realizando una buena gestión, será la propia ciudadanía quien lo reconozca.

Ahora bien, ¿qué ocurrirá con aquellos viejos políticos que también padecen ese mismo mal de la arrogancia, del mal carácter y del insulto hacia quienes piensan diferente? Muchos apostaban a cobijarse bajo la popularidad del exalcalde; hoy, esa sombrilla parece haber desaparecido.

Mientras tanto, otro actor político reaparece con fuerza. Cuando permanecía en silencio, sin mayor exposición mediática, comenzó a recorrer distintos espacios de comunicación para afirmar que en cuarenta años nadie había ejecutado obras como las realizadas durante su gestión en Rañas. Sostiene también que nadie había logrado concretar el asfaltado de la vía Chicán-Certag y que tuvo que llegar él para hacer realidad esas intervenciones.

Sin embargo, también es necesario recordar que muchas de esas obras, así como otras que hoy presenta como propias, fueron gestionadas y financiadas con anterioridad, quedando pendientes únicamente su ejecución. Es cierto que construir es importante, pero también lo es reconocer que conseguir el financiamiento constituye, muchas veces, la etapa más difícil de cualquier proyecto público.

En otro frente, el prefecto asegura tener la solución para el histórico cuello de botella de la entrada sur de Cuenca. Según ha explicado, la alternativa consiste en la reconstrucción integral de la vía Tarqui-Turi, una ruta secundaria por la que actualmente circulan miles de vehículos y en la que se mantiene el cobro de peaje.

La propuesta contempla una inversión de 5,9 millones de dólares para intervenir la calzada, mejorar cunetas, ciclovías y señalización, además de incorporar tecnología y pantallas informativas para incentivar que parte del flujo vehicular utilice esta vía y reduzca la carga de la Panamericana Sur.

No obstante, surge una interrogante válida: si hasta ahora no se ha logrado mantener la vía Tarqui-Turi en condiciones óptimas, pese al cobro permanente del peaje, ¿cómo garantizar que una inversión de casi seis millones de dólares tendrá un mantenimiento eficiente financiado con una tarifa de apenas 25 centavos? Dice que ha solicitado 6 millones de dólares para asfaltar y mantener la vía a Guarainag, ¿Y por qué no lo hizo antes? ¿Mala voluntad, tal vez? La  ciudadanía tiene derecho a exigir explicaciones claras y sostenibilidad técnica y financiera para este tipo de proyectos.

La política ha entrado definitivamente en modo electoral. Los discursos se intensifican, las promesas se multiplican y las estrategias comienzan a tomar forma. En medio de este escenario, queda una última pregunta: ¿ya presentaron sus condolencias políticas al exalcalde o han preferido tomar distancia para evitar ser relacionados con quien hoy enfrenta una sanción que cambió el tablero electoral en Cuenca?

Y otra inquietud que ronda el ambiente político local: quienes aspiran a participar en los próximos comicios, ¿ya tienen definido el partido o movimiento que respaldará sus candidaturas?

La campaña apenas comienza, pero las piezas ya están moviéndose sobre el tablero, mientras tanto en Cuenca, la ciudad culta por antonomasia se preparan marchas de protesta y respaldo para el alcalde defenestrado

jueves, 7 de mayo de 2026


 

 MI AMIGO...EL POLÍTICO


Te sonríe…

te da la mano…
te llama “hermano”, “compañera”, “amigo del alma”.

En campaña… todos los políticos te conocen.
Después… nadie te recuerda.

El hermano discute con el hermano

Le faltan el respeto al padre a la madre

El político se convierten en el ídolo, el héroe.

El que piensa distinto, es su enemigo.

Nunca des todo por un político.
Porque, él sí sabe exactamente qué quiere de ti:
tu voto.
Nada más.

Te promete empleo…y cuando gana, todos los puestos están ocupados por sus familias o amigos. Para ti ya no está bacante ni de chofer.
y tu barrio sigue igual.

Te promete seguridad…pero tienen que organizarse los barrios, poner alarmas, botones, y al final se apresa al delincuente que ha sido el hijo del vecino del barrio, que tuvo que robar para dar de comer a su familia
y sigues mirando por encima del hombro al llegar a casa.

Te promete hospitales…
y terminas haciendo fila desde la madrugada para un turno que nunca llega, y si llega no hay medicinas, no hay quien te opere, al final, alguien en la familia muere.

Te promete educación…le mandan a tu hijo a una escuela que queda a una hora a pie de tu casa, no hay cupos en los colegios, estos se vuelven escuelas del crimen. Violan la inmunidad Universitaria, porque la vicepresidente ha sido invitada a una rendición de cuentas en predios universitarios y primerito ingresan, armados hasta los dientes los militares, que están para la guerra no para enfrentar estudiantes, ingresan policías con fusiles, granadas, gas pimienta que debe servir para combatir la delincuencia, no a estudiantes que no tienen armas sino su ideología y su voz para gritar “fuera de la universidad” a los intrusos, mientras las escuelas se caen a pedazos, y los directores distritales, afirman que todas las escuelas están óptimas condiciones.

Y tú… ¿qué haces?
Aplaudes.
Crees.
Defiendes.

Hasta peleas con tu familia por alguien que ni siquiera sabe que existes.

No mueras por un político.
Porque cuando tú tienes problemas…
él tiene escoltas.
Cuando tú haces fila…
él entra por la puerta de atrás.
Cuando tú te quedas sin trabajo…
él ya aseguró el suyo… y el de sus amigos.

Te hablan bonito,
con discursos ensayados,
con sonrisas perfectas,
con promesas que suenan bien…
pero que muchas veces ya saben que no van a cumplir.

Y lo más duro, no es que mientan…
lo más duro es que todavía los creamos.

Nos acostumbramos a la mentira elegante,
al abrazo falso,
al “vamos a cambiar el país, el cantón”…
que se repite elección tras elección.

Pero aquí viene la verdad incómoda:

Si sigues creyendo sin cuestionar…
eres parte del problema.

Si defiendes a un político como si fuera tu familia…
estás renunciando a tu criterio.

Y si entregas tu voto sin conocer al candidato y saber que si va a cumplir la promesa, estás firmando otro cheque en blanco.

La política no debería ser un acto de fe.
Debería ser un acto de responsabilidad.

No se trata de odiarlos a todos…
se trata de no idolatrar a ninguno.

Se trata de exigir nuestros derechos,
de vigilar,
de recordarles que están ahí por ti…
no al revés.

Porque al final…
el político vive de tus impuestos, de tu plata, de tu dinero de tus decisiones.

El político está, porque tú lo elegiste.

Pensemos bien y elijamos al mejor, ahora, no nos dejemos engañar.

jueves, 9 de abril de 2026

 


EMOV-Paute controla tránsito urbano en calles del  cantón con funcionarios de oficina


Cuando se otorga poder a personas que no están preparadas para ejercerlo, el resultado casi siempre es el abuso. Y el abuso, muchas veces, puede desembocar en situaciones peligrosas e innecesarias.

La EMOV EP de Paute es una empresa pública cuyas atribuciones son claras: matriculación vehicular, control del estacionamiento tarifado y, quizá la más importante de todas, la promoción de la educación vial. No tiene otras competencias.

Sin embargo, desde su dirección se estaría confundiendo el alcance de sus funciones, enviando a empleados administrativos a “controlar el orden” en eventos como desfiles, conciertos o actos populares. Allí no solo se exponen a abusar de una autoridad que no poseen, sino que también se arriesgan a ser irrespetados o agredidos, precisamente por no tener competencia legal en esos espacios.

Lo ocurrido la madrugada del viernes, durante el baile programado por los 166 años de cantonización de Paute, vuelve a evidenciar lo que ya se había advertido. La empresa de movilidad no tiene facultad para regular ni controlar el tránsito vehicular general; esa es una competencia de la Policía Nacional de Tránsito. Mucho menos puede intervenir en el control de la circulación ciudadana en eventos públicos si la ley no le otorga esa atribución.

No se puede colocar a empleados de oficina en tareas operativas para las que no están designados ni protegidos legalmente, ni tampoco están preparados. Ya ocurrió antes: dos funcionarias administrativas fueron ubicadas en una intersección para “controlar” el paso vehicular. Un conductor descendió de su vehículo, retiró las vallas de forma agresiva y, al avanzar, empujó con el guardafango a las jóvenes, quienes quedaron atemorizadas. Un hecho que pudo terminar en tragedia.

En esta nueva ocasión cabe preguntarse: ¿qué hacían funcionarios de la EMOV EP, en un vehículo institucional, en el lugar del evento? Si la justificación es que realizaban un “control”, entonces nuevamente se estaría actuando fuera del marco de sus competencias, dirán, que estaban para retirar las vallas. Sobre otros aspectos no podemos afirmar nada, porque no nos constan. Pero si hubo agresión física, las evidencias son visibles y deben investigarse.

Es aquí donde las autoridades máximas debian estar atentas. La señorita involucrada en el caso es oficinista,¿que hacia a las 2 de la mañana en el vehículo? ¿No podian retirar las vallas al día siguiente?. Donde estaba el supervisor de la EMOV, él deba evitar cualquier tipo de acciones fuera de la ley. ¿Que hizo la gerente de la empresa? Me diran esta persona no tenia por que estar ahi, para eso estan los empleados, pero los empleados tampoco tenian porque estar ahi, son conductores, no vigilantes.

Las instituciones, por más importantes que sean, no otorgan poder ilimitado. El poder nace de la ley y está delimitado por ella. Quienes trabajan en empresas públicas deben honrarlas cumpliendo estrictamente sus funciones, respetando la norma y evitando atribuirse competencias que no les corresponden.

Cuando se confunden funciones, se pone en riesgo a los ciudadanos, a los propios funcionarios y a la institucionalidad.

 



¡Qué salao pescao… y más saladas las incoherencias!


                                     

“¡Qué salao pescao!”, dirían nuestros clientes que por estos días compran bacalao para la fanesca. Y no solo el pescado… también la política viene cargada de sal y de contradicciones.

Siempre nos tocan autoridades que, en lugar de trabajar por el Azuay, se “quiteñizan”, se suben a la tarima y quieren lucirse como si fueran estrellas del norte, olvidándose de quién los eligió.

Y aparece el personaje de turno:
“Yo soy el único que trabaja en la Asamblea”, dice, sin ruborizarse, dejando a todos sus colegas como vagos de oficio. El único trabajador… el único fiscalizador… aunque, curiosamente, fiscaliza donde no debe y calla donde sí debería hablar.

Porque claro, los asambleístas legislan… o al menos eso dice el manual. Pero en la práctica, desde Carondelet les mandan leyes “urgentes” listas para levantar la mano y aprobar, sin mucho esfuerzo intelectual. Para eso sí hay puntualidad.

Pero cuando se trata de fiscalizar lo importante, ahí sí: sordos, mudos y ciegos.
¿Dónde está esa fiscalización valiente, contundente, que valga la pena, no solamente la que les conviene?


Silencio… absoluto silencio.

Eso sí, el “único trabajador” no pierde tiempo en lo que no le corresponde. Hace rato inició su cruzada personal contra la señora Bravo del IIEES, luego paseaba “mano en el bolsillo”, regalando presencia como si fuera desfile.

Y cuando apareció el tema de Quimsacocha, ahí sí salió con entusiasmo —acompañado de una aprendiz de política— a defender la minería, confundiendo quintiles con lingotes de oro, queriendo navegar en aguas profundas del quinto rio, sin saber nadar. Por suerte, lo bajaron del barco antes del naufragio.

Después vino de todo:
peleas con el alcalde de Cuenca,
insultos de ida y vuelta,
denuncias varias,
hasta meterse en temas de gasolineras… haciendo el trabajo que les corresponde a los concejales.

Porque claro, él es todólogo.
Asambleísta, fiscalizador, concejal, opinólogo… todo en uno.

Y no faltó el episodio casi cómico: cuestionar que un padre le preste dinero a su hijo. Según él, eso es sospechoso. Debe ser que en su casa ni cien dólares le fían, porque en el resto del mundo —y con confianza— un padre ayuda a su hijo sin convertirlo en caso de investigación.

Cuando ese argumento no le funcionó, cambió de libreto: ahora critica el gasto en comunicación del alcalde. “Mucho gasto”, dice.
Pero otra vez tropieza: ese presupuesto existe todos los años y no ha subido ni un centavo.

Y entonces viene la pregunta incómoda —de esas que no le gustan—:
¿Por qué no fiscaliza los millones destinados a la publicidad del gobierno nacional?

Ahí sí… silencio incómodo… molestia… y retirada digna del “único trabajador”.

Para rematar, llama vagos a sus compañeros de Asamblea.
Y ellos le responden: que no son vagos, que son ignorados, que no les dan la palabra… pero que tampoco se meten donde no les corresponde.

Y ahí está la clave.

El asambleísta que dice trabajar más que todos, termina metido en todo… menos en lo que realmente le toca: fiscalizar al poder nacional.

Porque una cosa es trabajar…
y otra muy distinta es hacer bulla.


domingo, 15 de febrero de 2026


 

¿Nos reemplazará la IA?.. 

El verdadero desafío es no reemplazarnos a nosotros mismos

En los últimos meses, la Inteligencia Artificial dejó de ser un tema de películas de ciencia ficción para convertirse en parte de nuestra vida diaria. Hoy, una máquina puede escribir textos, crear imágenes, responder preguntas y hasta “conversar” con las personas. Ante este avance vertiginoso, surge una inquietud legítima: ¿qué lugar ocuparemos los humanos dentro de dos años, dentro de cinco, dentro de una década?

La respuesta honesta es que la IA no viene a reemplazar a los seres humanos como especie, pero sí está transformando muchas de las tareas que antes realizábamos, como Procesar datos, redactar borradores, editar contenidos o automatizar trámites son funciones que las máquinas hacen cada vez mejor y más rápido. En ese terreno, la IA nos supera y nos seguirá superando.

Sin embargo, hay algo que ninguna máquina posee ni ha demostrado que pueda tener: conciencia, sentimientos y experiencia humana real. La Inteligencia Artificial puede imitar emociones, escribir frases de consuelo o de ánimo, pero no siente dolor, no ama, no sufre pérdidas, no conoce la angustia ni la esperanza como las vive una persona de carne y hueso. No tiene memoria emocional ni identidad.

Por eso, lejos de desaparecer, lo humano cobra más valor. En un mundo cada vez más automatizado, la cercanía, la empatía, el criterio ético, el liderazgo y el contacto directo con la gente se vuelven insustituibles. En el periodismo, por ejemplo, ninguna IA puede reemplazar al comunicador que camina el barrio, escucha a la comunidad, conoce los problemas reales de su cantón y da voz a quienes no la tienen, por lo tanto y antes de emprender la retirada o jubilarnos, seguimos recorriendo los caminos polvorientos, dialogando con la carita sucia, con la madre sacrificada que olvido sus sueños, con el mendigo que extiende la mano, pidiendo un mendrugo para sacar su hambre.

El verdadero riesgo no está en que la IA “sienta” o “piense como un humano”,  porque no lo va  a hacer, sino en que los humanos dejemos de pensar por nosotros mismos. Delegar el criterio, la verificación de la información y las decisiones importantes a una máquina, se puede volvernos más cómodos, pero también más vulnerables a la manipulación y la desinformación.

La Inteligencia Artificial es una herramienta poderosa. Puede ayudarnos a trabajar mejor, a informarnos más rápido y a optimizar procesos. Pero no debe reemplazar nuestra conciencia, nuestro sentido crítico ni nuestra responsabilidad como ciudadanos, como periodistas, debemos ser acuciosos, investigar, contrastar, no convertirnos en copia y pega, debemos constatar la verdad.

En definitiva, el lugar de los humanos en la era de la IA no es competir con las máquinas en velocidad, sino defender lo que nos hace humanos: la capacidad de sentir, de pensar con criterio propio, de actuar con ética y de construir comunidad.

Aquí estaremos hasta que venga la muerte con su lampara de polen a quitarnos la vida quemándonos los huesos, la mejilla pegada a las narices.

El VALLE DONDE EL TIEMPO SE PERDÍO

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