“Entre pan, circo y alcohol: la resaca de una sociedad que mira a otro lado”
Hay costumbres que se heredan, como un abrazo…
y otras que se heredan como una condena.
En Cuenca y en gran parte del Azuay,
beber no es solo una práctica social:
es casi un ritual.
Se bebe para celebrar, se bebe para llorar,
se bebe para olvidar,
se bebe porque “así somos”.
El problema no es la fiesta.
El problema es que el alcohol se ha convertido en la primera opción para
todo:
para el cumpleaños,
para el partido,
para el desamor,
para el fin de clases,
para el simple hecho de existir.
Hoy vemos jóvenes ebrios a plena luz del día,
en los alrededores de unidades educativas,
cerca de universidades,
en locales que ayer fueron papelerías, librerías, tiendas de barrio…
y que hoy, sin mayor pudor, funcionan como cantinas improvisadas.
Y entonces la pregunta duele:
¿En qué momento normalizamos esto?
Los padres miran a otro lado.
Los profesores miran a otro lado.
Las autoridades miran a otro lado.
Todos saben que pasa…
pero pocos hacen algo cuando pasa.
Nos indignamos cuando ocurre una tragedia,
cuando un joven muere en un accidente,
cuando una pelea termina en sangre,
cuando la madrugada cobra una víctima más.
Pero antes…
antes nadie quiso ver la raíz del problema.
Porque es más cómodo decir:
“Son cosas de jóvenes”.
“Yo también tomé a esa edad”.
“Es parte de crecer”.
No.
No es parte de crecer.
Es parte de abandonar.
Abandonar a una generación que está
aprendiendo que la evasión es la respuesta,
que el trago es refugio,
que la botella es consuelo,
que la borrachera es identidad.
Los operativos se anuncian.
Las cámaras se prenden.
Los controles se publicitan.
Pero el fondo del problema sigue intacto:
la permisividad social,
la doble moral,
la costumbre de celebrar todo… incluso lo que nos está destruyendo.
Tal vez no falten leyes.
Tal vez falte coraje.
Coraje para cerrar el local ilegal.
Coraje para sancionar al que vende a menores.
Coraje para decirle a un hijo: “No, así no”.
Coraje para que la escuela eduque también en valores y límites.
Coraje para que la autoridad no solo reaccione… sino prevenga.
Porque cuando el alcohol ocupa el primer lugar
en cada ocasión de la vida,
no estamos hablando de tradición.
Estamos hablando de una adicción cultural.
Y toda adicción, tarde o temprano,
pasa factura.
Hoy no se trata de moralizar.
Se trata de mirar de frente una realidad incómoda:
una sociedad que brinda por todo,
pero que llora cuando ya es demasiado tarde.
Quizá llegó la hora de brindar menos…
y hacernos más responsables.
No hay comentarios:
Publicar un comentario