¡Qué salao pescao… y más saladas las incoherencias!
“¡Qué salao pescao!”, dirían nuestros clientes
que por estos días compran bacalao para la fanesca. Y no solo el pescado…
también la política viene cargada de sal y de contradicciones.
Siempre nos tocan autoridades que, en lugar de
trabajar por el Azuay, se “quiteñizan”, se suben a la tarima y quieren lucirse
como si fueran estrellas del norte, olvidándose de quién los eligió.
Y aparece el personaje de turno:
“Yo soy el único que trabaja en la Asamblea”, dice, sin ruborizarse, dejando a
todos sus colegas como vagos de oficio. El único trabajador… el único
fiscalizador… aunque, curiosamente, fiscaliza donde no debe y calla donde sí
debería hablar.
Porque claro, los asambleístas legislan… o al
menos eso dice el manual. Pero en la práctica, desde Carondelet les mandan
leyes “urgentes” listas para levantar la mano y aprobar, sin mucho esfuerzo
intelectual. Para eso sí hay puntualidad.
Pero cuando se trata de fiscalizar lo
importante, ahí sí: sordos, mudos y ciegos.
¿Dónde está esa fiscalización valiente, contundente, que valga la pena, no
solamente la que les conviene?
Silencio… absoluto silencio.
Eso sí, el “único trabajador” no pierde tiempo
en lo que no le corresponde. Hace rato inició su cruzada personal contra la
señora Bravo del IIEES, luego paseaba “mano en el bolsillo”, regalando
presencia como si fuera desfile.
Y cuando apareció el tema de Quimsacocha, ahí
sí salió con entusiasmo —acompañado de una aprendiz de política— a defender la
minería, confundiendo quintiles con lingotes de oro, queriendo navegar en aguas
profundas del quinto rio, sin saber nadar. Por suerte, lo bajaron del barco
antes del naufragio.
Después vino de todo:
peleas con el alcalde de Cuenca,
insultos de ida y vuelta,
denuncias varias,
hasta meterse en temas de gasolineras… haciendo el trabajo que les corresponde
a los concejales.
Porque claro, él es todólogo.
Asambleísta, fiscalizador, concejal, opinólogo… todo en uno.
Y no faltó el episodio casi cómico: cuestionar
que un padre le preste dinero a su hijo. Según él, eso es sospechoso. Debe ser
que en su casa ni cien dólares le fían, porque en el resto del mundo —y con
confianza— un padre ayuda a su hijo sin convertirlo en caso de investigación.
Cuando ese argumento no le funcionó, cambió de
libreto: ahora critica el gasto en comunicación del alcalde. “Mucho gasto”,
dice.
Pero otra vez tropieza: ese presupuesto existe todos los años y no ha subido ni
un centavo.
Y entonces viene la pregunta incómoda —de esas
que no le gustan—:
¿Por qué no fiscaliza los millones destinados a la publicidad del gobierno
nacional?
Ahí sí… silencio incómodo… molestia… y
retirada digna del “único trabajador”.
Para rematar, llama vagos a sus compañeros de
Asamblea.
Y ellos le responden: que no son vagos, que son ignorados, que no les dan la
palabra… pero que tampoco se meten donde no les corresponde.
Y ahí está la clave.
El asambleísta que dice trabajar más que
todos, termina metido en todo… menos en lo que realmente le toca: fiscalizar al
poder nacional.
Porque una cosa es trabajar…
y otra muy distinta es hacer bulla.
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